(Actualización de Olfato clínico:….”, J. Prieto, Esfera Salud)

Panorama general.

Estamos en el siglo del cerebro y su conocimiento a través de los órganos de los sentidos es fundamental. Aportan las causas y consecuencias ligadas a las sensaciones cotidianas de los seres vivos en general y de los humanos en particular. Los progresos de la vista y el oído han supuesto notables avances en sus respectivas especialidades y en las ciencias neurológicas en general. El olfato es fundamental en los códigos de señales animales para el sexo, caza y peligro, pero está relegado su interés para el hombre. Sin embargo, perfumistas y catadores de vino entrenados diferencian miles de matices olorosos. Se estiman en unas 50 las sensaciones olfatorias primarias que pueden percibir los humanos y se considera el sentido más evocador. La naturaleza no derrocha recursos; para algo importante tiene que servir.

Terminología. Un ejemplo de las dificultades en este campo es el caos terminológico, aunque algunos proponen tipos como: etéreo, alcanforado, almizcle, mentolado, picante o pútrido. En los tratados médicos se encuentran denominaciones muy diversas. Unas evocan aspectos agradables: floral, pan reciente, hierba recién cortada, tierra mojada o resina. Otras recuerdan procesos desagradables: col hervida, paja húmeda, queso “cabrales”, pies, alimentos podridos, fecal, nauseabundo, urea o cuerno quemado. Algunos términos orientan una relación con el sentido del gusto (sinestesia): tostado, ahumado, ácido, avinagrado, acre, dulce, rancio,  amargo, picante, afrutado, etc.

Importancia del ambiente. La concentración, fijadores de olores,  emociones y hábitos condicionan su percepción. Cuando se utilizaba el yodoformo en las salas hospitalarias de curas, se desprendían agradables aromas en el entorno, que se hacía mareante para los visitantes y nauseoso para los enfermos. Los trabajadores, acostumbrados, ni lo percibían. Algo parecido ocurre con las alcantarillas o restos fecales. Una lejana fragancia puede atraer a las proximidades de un estercolero maloliente. Los fijadores o estabilizadores tienen un importante papel. Almizcle y ámbar, apreciados en perfumería, desagradables a altas concentraciones, en pequeñas dosis son aromatizantes y evitan la rápida volatilidad de las esencias. En humanos, el papel de fijador oloroso lo ejercen los metabolitos indol y escatol sobre todo. Explican que los compuestos volátiles, típicos de cada individuo y algunas patologías, queden atrapados durante mucho tiempo en la piel, ropas  o útiles personales. Lo conoce muy bien la Policía en el rastreo de delitos. La síntesis química del indol marcó un hito en perfumería cuando se utilizó por primera vez en el famoso “Chanel nº 5”.

Hay avances evidentes. Los nuevos conocimientos sobre identificación, medición, valoración, fisiología, patología, etc. son notables. Su interés desborda el ámbito de la química industrial (perfumería o vino), incluso el de la propia especialidad médica. Hoy interesa a campos tan diversos como la seguridad (policía), alimentación, salud pública, medicina interna, microbiología, neurología o psiquiatría.

Este interés queda confirmado por varios hechos, como la pandemia de COVID-19. La anosmia pasó a ser un síntoma popular y se redescubrió el olfato en Medicina. Se han creado unidades de tratamiento y rehabilitación de COVID crónico o  persistente donde las alteraciones del olfato son habituales.

Richard Axel y Linda Back recibieron el Nóbel de Medicina en 2.004 por sus trabajos sobre el funcionamiento del sistema olfativo. Encontraron numerosos genes diferentes, que originan otros tantos tipos de receptores olfativos, situados en las células receptoras provistas de la proteína G. Los estímulos transmitidos se procesan en áreas cerebrales bastante bien definidas; como los demás órganos de los sentidos. En 2.012 recibieron el Nóbel de Química Kobilka y Lefkowitz como se citó en Esfera Salud (¿Sabías que las bacterias “sienten y se comunican?”, J. Prieto). Descubrieron que los receptores para la adrenalina estaban acoplados a la proteína G, presente en todo tipo de células para “sentir” el entorno. Otras teorías se refieren a la acción por canales iónicos, alteraciones de membrana o proteínas como 2º mensajero. Estamos ante un sistema universal de comunicación, adaptado a las circunstancias.

Así mismo se han identificado numerosos compuestos químicos estimuladores y sus propiedades: fijadores, oxigenados, hidrogenados, alcoholes, aminas, ácidos grasos volátiles, etc. El papel de las feromonas, investigadas y aceptadas en todos los seres vivos (bacterias, plantas, insectos,…) paradójicamente se discute en humanos. Quizás por falta de especificidad o de interpretación adecuada.

La ruta de las sustancias olorosas. Requisitos: elementos químicos gaseosos, volátiles, de bajo peso molecular y a una concentración que supere el umbral de sensibilidad propio de cada individuo. Exhalación: todo ser vivo, en el curso de su metabolismo es capaz de generar  elementos volátiles de degradación celular, de medicamentos y de alimentos. Su paso al ambiente depende del peso molecular e interacciones con otros compuestos como los fijadores. Dispersión: depende de distancia de foco, temperatura, humedad, contaminación ambiental y asociaciones. Estimulación de células olfatorias: localizadas en el epitelio nasal, donde no más del 5 % (unos 50 millones de células) son receptoras funcionales. Incluso muchas son selectivas para determinados olores y resultan incapaces para otros. Transmisión de estímulos por los nervios olfatorios al cerebro que integra sensaciones evocadoras de recuerdos e identifica situaciones confortables o peligrosas. El cerebro es protagonista final: un sencillo estofado huele que alimenta antes del almuerzo, pero su olor resulta nauseabundo a la hora del café. Una fragancia floral en un alérgico puede desencadenar una situación de pánico, y así se pueden citar numerosos ejemplos.

De olores y fragancias humanas

El olor resulta una paradoja en sí mismo. En los lactantes, con escasos anaerobios, hasta las heces huelen bien. Sin embargo en las hediondas heces de los adultos destacan los ácidos grasos volátiles del metabolismo anaerobio (valérico, caproico,…) y el succínico, indol y escatol de las enterobacterias. Estos últimos se identifican con las fragancias del ámbar, azahar o jazmín, malolientes a altas concentraciones y además son fijadores de otros olores fecales. El laboratorio de Microbiología es un excelente banco de pruebas para el olfato. Enseña a diferenciar olores primarios (acetofenonas, sufhídrico, caproico, succinico, indol, escatol,…) de muestras patológicas y cultivos de pseudomonas, enterobacterias, clostridios, levaduras, protozoos, etc. El propio laboratorio, con sus autoclaves, reactivos y cultivos, ofrece una identidad olorosa inconfundible.

Olores clínicos. El médico está acostumbrado a “oler el ambiente” y discernir los olores (aliento, vómitos, sudoración, orina o heces) específicos de cada caso. Se habla del “olfato clínico”, que tiene algo de intuitivo, evocador y mucha experiencia. Son conocidas las descripciones del diferente olor de la cetoacidosis, diabetes aguda o coma diabético. Los enfermos con insuficiencia hepática o renal desprenden con frecuencia un hedor (heces y orina) inconfundible. Similares percepciones destacan también en cuadros genéticos metabólicos ( trimetilamina, isovalérico o metionina por ejemplo). Se cita el mal olor del hipertiroidismo (descomposición del exceso de sudor), parkinson, esquizofrenia o cáncer. El olor de la orina por medicamentos, espárragos o incontinencia  (urea, amoniaco) es una molesta compañía para muchos enfermos.

Son clásicas las referencias al olor de algunas infecciones como fiebre amarilla, tifus, fiebres tifoideas, cólera, tuberculosis o brucelosis. La diferencia por el olor de la miositis estreptocócica y la gangrena gaseosa puede orientar rápidamente el diagnóstico etiológico. La patología pulmonar  (pleuritis, bronquiectasias, vómicas, neumonías,…) ofrecen una amplia gama de olores dependiendo de su etiología. Lo mismo ocurre con las lesiones cutáneas como las úlceras, heridas infectadas y drenajes. La bromhidrosis, exceso de sudor, se agrava cuando participan las bacterias desprendiendo olores desagradables. Algo parecido ocurre con la halitosis donde el putrefacto olor del aliento pone a prueba la convivencia de estos enfermos. El olor vaginal normal (lactobacilos), contrasta con el de vaginitis (levaduras, protozoos) y vaginosis (anaerobios).

En todos los casos la valoración cuenta con dos dificultades notables. La emisión de elementos volátiles varía con la evolución del proceso y, especialmente, con el tratamiento. Los hábitos higiénicos, los desodorantes y el uso masivo de ambientadores en domicilios y centros sanitarios alteran la percepción natural.

Patología del olfato

Se estima que el 1-2 % padece alguna irregularidad en la percepción de los olores, que llega al 20-30 % entre los ancianos, especialmente varones. Los procesos respiratorios de vías altas, alcohol, tabaco, medicamentos y trastornos hormonales se consideran factores asociados a la clínica.

Las alteraciones olfatorias afectan a la calidad de vida; aunque frecuentemente supone un hallazgo casual, suelen asociarse a problemas gustativos. Su déficit en la alerta del peligro es minusvalorado, a pesar del interés ante determinados contaminantes, tóxicos, explosivos, alimentos en mal estado, etc. En general no se percibe como un sentido esencial, pero su alteración puede indicar un serio problema de salud.

La clínica puede relacionarse con causas mecánicas, como las obstrucciones nasales por traumatismos o mucosa inflamada (COVID, gripe, alergias,…). Los trastornos de percepción se ordenan en función de criterios cuantitativos (hiposmia, anosmia) o cualitativos (parosmia, fantosmia). Esta simplificación es académica, porque hay cuadros con varias causas, transitorios o progresivos, que afectan a un componente o a toda la percepción olorosa. En las alteraciones cualitativas es difícil valorar una confusa descripción del enfermo con evocaciones, fantasías o problemas de conducta.

Las numerosas pruebas diagnósticas recientes, especialmente las objetivas, hablan de los progresos en este campo. Cromatografía, “nariz electrónica”, determinación del umbral de percepción o relación dosis-respuesta son algunos ejemplos. Especialmente difícil es la orientación diagnóstica en niños y enfermos mentales. El tratamiento requiere la eliminación de factores causales: infecciones, obstrucciones, etc., que debe complementarse con programas de reeducación del olfato.

Entre los futuribles deseables, estaremos atentos a las investigaciones relacionadas con las ciencias neurológicas sobre todo. La normalización de sistemas de medida, avances en fisiopatología, el papel de la aromaterapia y tratamientos específicos, son otros puntos de interés. 

Médico e investigador español en Esfera Salud | Ver sus artículos

Médico, microbiólogo e investigador. Fue profesor de varias universidades españolas donde dirigió Tesis Doctorales y proyectos de investigación sobre: diagnóstico, nuevos antimicrobianos, simulaciones en modelos de cultivo continuo y arquitectura de poblaciones bacterianas. Su labor, plasmada en numerosas publicaciones en revistas científicas, libros y artículos de divulgación, ha sido reconocida con diversos nombramientos y premios. En Esfera Salud, sus artículos de divulgación sobre historia y actualidad de la Medicina, están dirigidos al público interesado en temas de Salud.

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