Panorama

Asistimos a un gran enfado popular con frecuentes manifestaciones callejeras, violentas y generalizadas de negacionistas, movimientos antivacunas y antisistemas. Se protesta por los confinamientos, imposición de vacunaciones y restricciones en general. Históricamente, la ignorancia es una constante en la conducta ante las epidemias con varias fases. Sorpresa inicial, fase de pánico general, parálisis inicial seguida de una anárquica gestión política, enfado popular  y final con rápido olvido de la tragedia.

La pandemia de COVID, presidida por el conocimiento científico parecía diferente. Se conocía su llegada con meses de antelación, aunque se ocultaba, y en tiempo record la ciencia propició avances extraordinarios. La detallada biología molecular del agente causal, la patogenia de la enfermedad y sus complicaciones o la rapidísima elaboración de nuevas vacunas, son algunos ejemplos. Ante esta exhibición de conocimientos, ¿ha mejorado la confianza en la medicina científica?, ¿ha cambiado la conducta social?, ¿de qué nos quejamos?

Las protestas callejeras del enfado, punta del iceberg, se intentan explicar por la politización de la pandemia. Pero ¿no asentarán sobre una Crisis de fe en la Medicina basada en la evidencia? Añadamos la desconfianza en políticos e instituciones.

La pandemia de COVID pone a prueba el dilema de fe o evidencia en la práctica médica. El significado de estos términos y sus sinónimos, aparentemente contradictorios, refuerzan el discurso en cualquier campo. “Pondría la mano en el fuego por…”, “la creencia generalizada es…”, “la fe en el médico es fundamental”,  etc. son frases indiscutibles. El adverbio “evidentemente”, expresión de confirmación, para  muchos oradores se ha convertido en vulgar muletilla. Pero el remate de un argumento con “es evidente”, confiere credibilidad a cualquier afirmación.

La fe lleva marca religiosa; la evidencia, marca científica.

 La fe, convencionalmente se refiere a la creencia y esperanza personal en la existencia de un ser superior. Implica el seguimiento personal de determinadas normas, comportamiento y actitud vital. La fe, entre los católicos, es una de las virtudes teologales, junto a esperanza (con beneficios) y caridad (solidaria), con las que se complementa. Imprescindibles también en la práctica médica actual o Medicina 4P (Personalizada, Participativa, Preventiva y Predictiva)

La medicina mágica de los primeros tiempos estaba implícita en las normas religiosas,  donde la fe en los textos sagrados, en el sacerdote, chamán, etc. presidía toda actuación.

Luego los aforismos de Hipócrates, consejos de Galeno, Avicena, etc. irían recogiendo las experiencias de la medicina empírica que, como una religión, se seguían al pie de la letra. No había alternativas.

La Medicina ha tomado el camino de la aplicación del método científico en la búsqueda de la verdad y su publicación. Se inició otra etapa: la Medicina basada en la evidencia, referida a pruebas, hechos, demostraciones y datos científicos. Ahora el problema es el exceso de evidencias; esta medicina puede morir de éxito. Disponemos de millones, sí, millones de publicaciones biomédicas y medio millón ya sobre COVID, con diferentes enfoques y resultados de un mismo asunto. Su manejo e interpretación es difícil para los médicos; no digamos para los laicos.

Durante esta pandemia han quedado al descubierto graves fallos de la medicina científica. Revistas, consideradas “sagradas”, como Science, The Lancet o Brit Med J., se han contaminado seriamente con intereses políticos, comerciales y económicos. Las críticas han sido demoledoras. Los metaanálisis, documentos de consenso, revisiones, guías, protocolos, etc., elaborados por expertos basándose en evidencias publicadas, son de gran ayuda. ¿O todo lo contrario, cuando son discrepantes o contradictorios sobre un mismo tema?           

La ciencia ha desvelado grandes dilemas, pero ha creado serias incertidumbres  en algunos  campos. Los ciudadanos se han emancipado en un mundo con los mismos protagonistas de siempre: lo desconocido, incomprensible, imprevisible, la enfermedad y la muerte. Resultado: el enfermo se siente solo e inseguro, necesitando la fe y confianza, debilitada últimamente, en ciertos principios y personas.

Por otra parte, el médico debe confiar, o no, en multitud de especialistas médicos y de otros campos (biólogos, físicos, informáticos, estadísticos, etc.). El trabajo en equipo se configura bajo nuevas creencias, capacidades y responsabilidades.

Miguel de Unamuno definía la fe: “Creer en Dios es, en cierto modo, crearle. ¡Creer lo que no vimos, no!, sino crear lo que no vemos y creerlo y vivirlo, y consumirlo, volverlo a crear y creer,…y así sucesivamente”. Este concepto unamuniano, alejado de la fe católica convencional, encaja mejor en el componente subjetivo que acompaña la práctica de la medicina.

Tipos de fe

La fe o creencia católica tiene un carácter personal y las consecuencias las disfruta o sufre cada individuo. Pero en medicina las cosas son distintas. Las creencias y actitudes repercuten, a veces trágicamente como en esta pandemia, en todos y cada uno de los ciudadanos: enfermos, sanitarios, instituciones y sociedad. Por otra parte, religión, moral, ética (bioética) y medicina con frecuencia caminan juntas. Un hombre peca contra su Creador, cuando se niega a ser tratado por su médico (Ecles. Ant. Testamento).

En la práctica médica, la fe adquiere grados según el área de conocimiento y las circunstancias. Por ejemplo, se puede ser creyente en la etiología del COVID, escéptico en el tratamiento y ateo frente a la vacuna. Por eso, este apartado solo pretende resaltar la diversidad de las creencias generales sobre la pandemia que nos ocupa.

La fe del agnósticoEl agnóstico médico pone en cuarentena cualquier afirmación que él no sea capaz de comprender. Los descubrimientos sobre COVID-19 explicables por biología, inmunología, estadística, física, bioquímica, etc. son incomprensibles para la mayoría. No ocurre solo entre los laicos, también entre los sanitarios. ” No llego a conocer toda mi especialidad, como para meterme en otras especialidades”. Los agnósticos estrictos utilizan el agnosticismo de otros para salvar el tipo. Es habitual entre políticos: “no se actuó bien porque no comprendíamos qué pasaba, pero es que nadie lo sabía ni lo creía”. Agnosticismo tramposo, como se ha demostrado posteriormente. Afortunadamente los pragmáticos son legión “No creo en los coronavirus, yo no los he visto, pero hay que vacunarse”

La fe del ateo. El oxímoron de este epígrafe puede resultar una simplificación, tanto en aspectos religiosos como sanitarios. El antiguo, aforismo de “las enfermedades, o se curan solas o no se curan”, encierra la creencia en la medicina y la negación de la farmacología. En la actual pandemia, los negacionistas se aproximan a la posición de los ateos. No creen en la naturaleza del virus, en la protección de las mascarillas, en el papel preventivo de las vacunas, etc.

Las repercusiones van más allá de la anécdota, comprometiendo importantes decisiones. Por ejemplo podemos recordar la diferente respuesta de ateos y creyentes en el dilema del tranvía. El mismo dilema se ha planteado en bioética con la clasificación de enfermos en las urgencias de COVID. Más ejemplos se pueden citar con las conductas de los Testigos de Jehová, la homeopatía, acupuntura, aromaterapia, etc.

La fe del carboneroEl de la fe ciega, ni necesita ni quiere explicaciones, solo sigue las órdenes de su médico, en quien delega todas las decisiones. Sin criterios propios, lo único que niega absolutamente es su propia responsabilidad en la enfermedad. Estos enfermos, si aceptan las normas generales de la pandemia, son muy apreciados por su docilidad y disciplina. Pero su conducta entraña ciertos riesgos. “Desde que me dijo que descansara, no he vuelto a trabajar”,”me recetó que bebiera abundantemente y he terminado alcoholizado”…

Los sanitarios se encuentran atrapados en una fe a ciegas, como se ha visto en la pandemia. No pueden aplicar criterios personales de actuación. Deben seguir los protocolos impuestos por autoridades, aprobados por expertos, basados en investigaciones y publicaciones de terceros. Diagnósticos microbiológicos, tratamientos y vacunas (investigación farmacéutica, Agencia Nacional), normas, etc., son como dogmas para el médico. Eso sí, de las demandas de los enfermos responde el sanitario.

La fe del científico. El referente es santo Tomás:”Tocar y ver para creer”. El principio científico de Kelvin, “Medir y comparar, lo demás es opinar” parecía el camino fiable para asentar la Medicina basada en la evidencia. Todos exigen garantías: verificaciones, datos, avales, publicaciones,…En la pandemia se ha llegado a tal extremo, que nos han desbordado los acontecimientos.

El médico se ha visto obligado a trasladar sus creencias a los científicos profesionales: inmunólogos, epidemiólogos, estadísticos, físicos, etc. Ellos marcan el nivel científico sobre el papel del virus, tormenta de citoquinas, efecto rebaño,  tasas, índices, niveles de protección de mascarillas,.. Pero en la larga cadena de conocimientos no es fácil garantizar la evidencia científica.

Un ejemplo lo estamos viendo con las vacunas. Se han seleccionado científicamente las 3-4 mejores (eficacias cercanas al 100 %) de entre otras muchas con aparentes deficiencias. Y ahora nos sorprenden porque no previenen el contagio, ni la enfermedad ni la hospitalización; solo parcialmente la mortalidad, que no es poco.

Está claro que, con las vacunas, asistimos al fenómeno Pollyanne (novela de Porter, 1913, sobre el optimismo en situaciones adversas), no previsto inicialmente. Este fenómeno es utilizado para explicar la curación, próxima al 100 %, de la frecuente otitis aguda neumocócica de pronóstico benigno con distintos antibióticos. Los antibióticos presentan grandes diferencias en su actividad experimental in vitroin vivo y en la colonización de neumococos. Pero con todos la curación es muy alta, parecida  a la de los casos no tratados. No es extraño el aumento de la legión de escépticos.  

La fe del conversoLa referencia es la conversión de san Pablo. Los más radicales negacionistas suelen ser activistas del NO. No utilizan argumentos: “No me da la gana ponerme la mascarilla”, “No me vacuno porque no. Y punto”,… En casos así, es difícil hacerlos cambiar de actitud. Pero algunos son iluminados por el propio virus y la hospitalización.

Los mejores apóstoles son los ateos supervivientes tras pasar por la UCI ante una cámara de televisión. Si se trata de un líder, como es el caso de Boris Jonson, la eficacia es mayor. La conversión suele ser global; el descreído del confinamiento, la mascarilla, la vacunación, etc., se convierte en creyente total, solidario y ciudadano ejemplar.

Lo que no solemos conocer es la retroconversión, hacia el escepticismo o el negacionismo. Frecuentemente es masiva y traduce una reacción a trapacerías políticas, incompetencia  informativa,  desconfianza ante fracasos médicos y faltas de ejemplaridad de sanitarios en general.

La fe del escépticoNo se trata exactamente de un oxímoron. El escepticismo es la posición mayoritaria y más frecuente a lo largo de la historia de la medicina, frente a supersticiones y pseudociencias (curanderismo, homeopatía,…). También en la pandemia actual, el escéptico cuestiona cualquier afirmación que vaya contra el razonamiento y la ciencia. La sabiduría popular la expresa perfectamente a través de aforismos, sentencias y refranes, como los siguientes.

A Dios rogando y al médico llamando/ Al médico, creerlo y pagarlo, si no, cambiarlo/ Médico sin ciencia, poca conciencia/ No contemplaré ningún fenómeno hasta que no aparezca alguna prueba. Entonces ya veremos/ Bajo las condiciones más rigurosamente estandarizadas y catalogadas, el organismo hará lo que le de la gana (Ley de Harvard)/ Los enfermos se curan en las estadísticas y se mueren en la cama/ Del médico experimentador, líbranos Señor/ El resfriado dura curado 30 días, descuidado, 31 (frecuentes reinfecciones, con vacunas y sin vacunas). En resumen: Nocreo en las meigas, pero haberlas haylas.”

Médico e investigador español en Esfera Salud | Ver sus artículos

Médico, microbiólogo e investigador. Fue profesor de varias universidades españolas donde dirigió Tesis Doctorales y proyectos de investigación sobre: diagnóstico, nuevos antimicrobianos, simulaciones en modelos de cultivo continuo y arquitectura de poblaciones bacterianas. Su labor, plasmada en numerosas publicaciones en revistas científicas, libros y artículos de divulgación, ha sido reconocida con diversos nombramientos y premios. En Esfera Salud, sus artículos de divulgación sobre historia y actualidad de la Medicina, están dirigidos al público interesado en temas de Salud.

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