la gripe espanhola es un de los epónimos

Añoranzas del final de una época…

Se acabó el “bautizo” convencional de nuevas palabras en Medicina. Es una lástima, pero es el signo de los tiempos modernos. En teoría, ya no asistiremos a la consagración de un personaje por la denominación de su descubrimiento. Pero el epónimo, creación de una palabra sobre o tras otra existente, es necesario en Medicina. De lo contrario, sería imposible la comunicación del futuro.

SUGERENCIA DE LECTURA ADICIONAL

Precedentes

Durante le siglo XX se produjeron los mayores avances médicos de todos los tiempos con descubrimientos a miles: nuevas enfermedades, diagnósticos y tratamientos. Cada descubridor se sentía con derecho a “bautizar su hallazgo”. La lista de Stedman relaciona más de 18.000 epónimos. Solo en Microbiología Médica se han contado más de 2.000 relacionados con autores, enfermos o geografía (nombres de patógenos, tinciones, cultivos, antibióticos,…). ¿Son muchos? Pues hay unas cuarenta especialidades médicas y cada una maneja una jerga propia, a base de epónimos, prácticamente excluyente para los profanos.

Este bosque de nombres se complica con las frecuentes polisemias, sinonimias y homonimias. La diarrea del viajero tiene más de 20 nombres diferentes, muchos peyorativos. El colorante de Giemsa, bajo la excusa de modificaciones, tiene 24 sinónimos de otros tantos autores.  Un autor como Douglas da nombre a 7 epónimos distintos (absceso de D., ligamento de D., fondo de saco de D….). ¡Y corresponden a 3 médicos diferentes!

Por otra parte, ha sido frecuente el conflicto descrito en la ley de S. Stigler. En 1980  enunció la ley que dice: “Ningún descubrimiento científico lleva el nombre del que realmente lo hizo”. De inexorable cumplimiento, al reconocer él mismo que R. Merton la había formulado previamente.

En Abril del 2009 se detectó un brote de gripe entre mejicanos criadores de cerdos. Quedó bautizada como “gripe porcina mejicana” con el malestar correspondiente de Méjico. Enseguida se supo que el mismo virus se había identificado antes en EE.UU. y Canadá, por lo que se contempló la denominación de “gripe porcina norteamericana”. ¡Ahh! Eso ya no gustó y pasó a denominarse gripe H1N1. En 2012, Arabia protestó por la denominación del “Síndrome respiratorio de Oriente Medio” (SERM), sin éxito en este caso.

Decisiones de la OMS

Ante los problemas citados, la OMS consultó a  Organismos como la FAO (Agricultura y Alimentos) o la CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades). El 8-mayo de 2015 publicó una nota sobre la denominación de nuevas enfermedades (infecciosas principalmente). Propuso evitar: Nombres de lugares geográficos, personas, profesiones, animales o alimentos. ¡Todo políticamente correcto!  También decidió no interferir en los epónimos anteriores a 2015. ¡Menos mal!

La posición de la OMS permite mantener el homenaje a algunos protagonistas de la Historia de la Medicina. También se mantienen otros muchos epónimos cuya pérdida sería lamentable por varios motivos, de los que hay muchos ejemplos. Citaremos algunos.

Profesionales, por protección legal y la orientación diagnóstica. Ej.: enfermedad de las alturas (aviadores), de buzos, de elevadores (silos de grano), ferreteros, molineros, soldadores, cardadores de lana, traperos, recolectores de champiñón,…

Hay signos que denotan cierta ternura, como: del lirio mustio, eritema en alas de mariposa, ritmo de galope, hormigueo, canto del gallo, sombrero mejicano o del tres invertido. Síndromes como: el del leucocito perezoso, marioneta feliz, Alicia en el país…., sin sentido, del 1 y ½… Enfermedades: de los loros (psitacosis), culebrilla, de la rosa (pelagra) o vacuna. O epónimos relacionados con alimentos, como signo del plátano, del limón, enfermedad de los arrozales o dieta mediterránea. Esperemos que la OMS no toque al cocido madrileño, la chanfaina salmantina o la paella valenciana, aunque lleven referencia geográfica.

Epónimos españoles

Geográficos

Son de los que desaconseja la OMS por los perjuicios producidos y en España lo sabemos bien. Además siguen la ley de Stigler. La sífilis se asignó a los españoles con el “sambenito” del mal español. Como la mal denominada lepra asturiana, temida por los vecinos, se conoció la pelagra durante los siglos XVII al XIX. Bien conocida es la gripe española (1918), demostrado después su origen norteamericano y sus perjuicios a la “marca España”.  De la neumonía de Benidorm con anulaciones turísticas, nos salvó el rápido descubrimiento etiológico de la enfermedad de los legionarios. El Spanish toxic oil causó serios perjuicios a “marca España” hasta que se logró generalizar, no siempre, el término síndrome del aceite de colza.

Personales

Medicina Interna. El más conocido: Enfermedad de Casal (Gaspar Casal). Este médico (de protomedicato), ni siquiera pasó por la facultad de Medicina. ¡Mejor para él, decía Marañón). Fue un fino observador al describir en 1735 la enfermedad como deficitaria (de pobreza), lo que estaba mal visto. Llamada luego pelagra (piel áspera), se prefería asignarle una etiología infecciosa Por eso tenían más éxito otros epónimos: “lepra asturiana”,”italiana”, “de Lombardía”, “escorbuto de los Andes”, etc. ¡No sé qué sería peor! Hasta que se descubrió la causa, déficit de Vitamina B3 en 1915, y se restauró el epónimo inicial. El epónimo que se mantuvo siempre fue el de  Collar de Casal referido a las lesiones, típicas de la enfermedad, en la zona anterior del cuello.

España ha contado con magníficos internistas, pero el peso del reconocimiento en el siglo XX  recayó en el mundo germánico y anglosajón. De todas formas hay algunos epónimos destacables. Son los casos del signo de Pedro Pons de la espondilitis brucelar, y el de Farreras en la espongioesclerosis neumopática. Más fama tuvo el signo de Marañón del hipertiroidismo (reacción vasomotora tras estimular la piel del cuello). Y en la meningitis anotamos otro signo de Marañón, el nuco-plantar.

Cirugía. Hay menos referencias, pero se deben citar el ligamento de Gimbernat, la técnica del gallego Goyanes y, sobre todo, el síndrome de Tapia.

El Dr. Tapia fue el primero de una saga de “otorrinos”. Describió un cuadro de afonía, parálisis y problemas de deglución, en un banderillero corneado en el cuello. Dedujo que la lesión se produjo justo debajo del nervio laríngeo superior. Asistió a algún torero más y otros varios enfermos con el mismo cuadro. Lo publicó siguiendo la costumbre de:”a propósito de un caso…de dos casos…” con lo que acumuló un número notable de publicaciones. Médico muy popular y querido en Madrid, arrastró una severa sordera, motivo de frecuentes chanzas.(falleció en 1956).

Otro grupo de epónimos lo encontramos en el apellido catalán de los Barraquer. El primero de la saga fue Luis Barraquer Roviralta (1855-1928) conocido por el síndrome de Barraquer (lipodistrofia cefalo-torácica)y porel reflejo de Barraquer (de prensión forzada del pie). Con  Ignacio (1884-1965), llegaron los oftalmólogos catalanes. La técnica de Barraquer (intervención de cataratas) y el curioso “robot” para cirugía de cataratas, el erisífaco de Barraquer consagraron a esta familia en el campo de la oftalmología.

Neurología. Fue uno de los campos más fructíferos en todos los sentidos.

Síndrome de Maestre de San Juan

Aureliano M. de S. J., granadino, fue el primer catedrático de Histología (1873), profesor del Doctorado de Cajal y, probablemente, inductor del futuro de nuestro Nóbel. Hizo la primera descripción de “hipogonadismo hipogonadotropo idiopático con anosmia” en 1849. Kallmann en 1937 describió el mismo trastorno en varias familias y desde entonces se conoce como S. de Kallmann. O no había revisado la bibliografía o se cumplió la inexorable ley Stigler.

 Como los Nóbel eran tan limitados, muchos perseguían los epónimos para pasar a la Historia. Cajal, con su Premio Nóbel, no los necesitó. Por eso solo se registra el Núcleo intersticial de Cajal.

 Pío del Río Hortega, descubrió la microglía, conocida desde 1939 como células de Hortega. Fue propuesto 2 veces para el Nóbel y falleció en el exilio. Sus restos reposan en Valladolid donde se le recuerda con el nombre de varias instituciones.

 Rodríguez Lafora fue como Becario a Washington en 1910 con gran aprovechamiento. Al año siguiente describió la enfermedad de Lafora (epilepsia progresiva ydemencia)Fue popular  también el signo de Lafora (previo al cuadro típico de meningitis, hurgamiento compulsivo de la nariz). Volvió en 1.912  a trabajar con Cajal, pero con “cierta distancia”. Cultivó la amistad con Ortega y Gasset y tuvo que exilarse en Méjico (1938). En 1947, “repescado” por el Régimen, volvió a España.

 Se citan otros relacionados en este campo, con menor trascendencia, pero igualmente ejemplares como el Síndrome de Marín Amat (1871-1972). Este modesto oftalmólogo almeriense describió en un enfermo la asociación del lagrimeo o ptosis de un párpado con la masticación. Esto provocó no pocas ironías, porque se asoció a las  “lágrimas de cocodrilo”. Demostró que llorar de satisfacción o guiñar ante una buena comida, no es una realidad regocijante ni figura literaria, es una disfunción neurológica.

 El  Síndrome de Sanchís Banús (Valenciano, 1898-1932), muy contestado por los psiquiatras, que le sirvió para ganar popularidad profesional. Se refiere al delirio paranoico de persecución que padecen algunos ciegos y sordos. El Síndrome de Tolosa (Tolosa Colomer, neurocirujano, 1900-1981), luego conocido como de Tolosa-Hunt, describe una oftalmoplejia (neuralgia del trigémino) con afectación de la carótida.

Microbiología y enfermedades infecciosas. Fue el campo más innovador en el siglo XX. A él corresponde el mayor número de Premios Nóbel concedidos, a mucha distancia de cualquier otro. Lo mismo ocurre con los epónimos. Más de mil microorganismos se descubrieron, describieron y denominaron en ese siglo. Las técnicas de tinción y los medios de cultivo no le fueron a la zaga en número de epónimos. Pero como con los Nóbel, la mayoría fueron acaparados por alemanes, ingleses, franceses y norteamericanos. A españoles y latinoamericanos nos quedan solo unos pocos de los que podamos presumir y recordar.

 Además del signo de Marañón (meningitis) y el de Farreras (brucelosis) ya referidos, se citan otros recientes en la memoria de todos.

 Vacuna de Ferrán. Jaime Ferrán y Clúa fue un caótico, pero genial médico. Recién descubierto el bacilo del cólera por Koch, se desencadenó la epidemia de Marsella en 1854. Allí acudió Ferrán; estudió in situ la epidemia y empezó a preparar su vacuna al volver a España. En menos de un año la tuvo lista. Bacilos atenuados y seguridad, con una nueva estrategia: administrar la vacuna por vía parenteral, diferente de la vía oral de la infección natural. En 1855 se desencadena la epidemia en Valencia y es reclamado para la vacunación, multitudinaria, eficaz y con todo tipo de anécdotas. ¡Un éxito!

 Pero no contaba con los imponderables: una sociedad decadente y politizada y un potente y prestigioso enemigo, Cajal, más bacteriólogo inicialmente que histólogo. Ferrán, que no era muy convincente ni transparente, inició su particular calvario entre denuncias y expedientes  sancionadores. Fue el precio del éxito y la fama, que arrastró hasta el final. ¡Muy español!

 Vacuna de Clavero-Pérez Gallardo. En la posguerra, en precario, sin insecticidas (DDT) y sin ayuda exterior por la Guerra Mundial, el tifus constituía un reto sanitario. Florencio P. G. (1917-2006), sanitario de carácter, del grupo de Clavero, Gallardo, Nájera Angulo…se encargó del problema. Inspirándose en las vacunas atenuadas de Pasteur (rabia) y BCG (antituberculosa) puso manos a la obra con su vacuna antitífica en una carrera de obstáculos. Pero necesitaba la colaboración de Sanidad (Palanca), Gobernación (Galarza) y Trabajo (Girón de Velasco). Poco se podía esperar en 1941 de los que, con diferentes ideologías, se llevaban mal entre ellos; pero Clavero lo logró.

   Otra dificultad más: la cepa de Melitón (rickettsia) procedente de un brote de Madrid no perdía virulencia tras varios pases en embrión de pollo. ¡No dejaba un huevo sano! y el país no estaba para dispendios. Florencio, tras pedir consejo y colaboración a Cox (EE.UU.) aceleró la técnica de Melitón, logró la atenuación y cambió el nombre a la cepa. La denominó cepa E (de España, ¡sí señor!), con la que elaboró la vacuna.

 Por cierto, la cepa E, perdida en España, se recuperó hace poco tiempo gracias a la organización y generosidad de la colección americana.

 Vacuna de Covaleda- Pumarola. Agustín Pumarola había realizado la Tesis Doctoral sobre leptospiras bajo la dirección de Justo Covaleda. En la campaña de la lucha antileptospirosis del Delta y la región valenciana de 1952, Pumarola se implicó directamente. Observó sobre el terreno la presión de italianos y franceses para introducir sus vacunas y demás productos, frente a una Administración paralizada. Tomó la decisión de elaborar rápidamente su propia vacuna y honró a su maestro incorporándolo al proyecto. Con su vacuna, saneamiento de los arrozales y desratización, acabó la epidemia. Pumarola obtuvo un prestigio, que le ayudó en la obtención de la Cátedra de Salamanca (1958).

 Género Bordetella, que incluye el agente de la tos ferina. El Dr. Manuel Moreno López no tiene un epónimo propiamente dicho, pero su nombre queda en la historia de este campo. Desde 1954 figura en el Manual Bergey (referente internacional de Taxonomía con ediciones periódicas) al proponer el epónimo de Bordett para denominar las bordetelas. La primera propuesta de “Bordella” (1952) fue rechazada porque fonéticamente en inglés sonaba “burdel”, de lo que siempre hizo chanzas el genial Manolo Moreno.

M. gadium (de Gadium-Cádiz) es una nueva especie de micobacterias, aislada y caracterizada por M. Casal Román (1974) de un enfermo gaditano. Otro epónimo es el de un aislado en la cuenca del Lozoya, Glarea lozoyensis, del que se obtiene por fermentación el antifúngico «caspofungina»

 Medio de granada o agar granada, aunque entre los microbiólogos españoles se conoce comúnmente por “el medio de M. de la Rosa”. El grupo granadino de M. de la Rosa Fraile lo desarrolló en 1992, para el aislamiento e identificación S. agalactiae . Además, el pigmento típico color “granada” fue caracterizado también por el mismo grupo en 2006 y ¿con qué epónimo lo denominaron? Con ¡granadaeno! .Tampoco hubieran desentonado los epónimos “medio de la Rosa” y “rosaeno”

 Epónimos de latinoamericanos.

Se deben citar algunos ejemplos como el Síndrome de Ahumada y del Castillo (argentinos,1932) referido a amenorrea y galactorrea. El Signo de Rivero y Carvallo, es un buen ejemplo del nivel de los cardiólogos mejicanos. Otro epónimo llamativo fue la enfermedad de Béguez César, pediatra cubano que en 1933 atendió a un niño que falleció en pocos días. Al poco tiempo le siguió otro y otro hermanito más. En 1943 describió y publicó la enfermedad familiar como una neutropenia crónica maligna. 10 años más tarde Chediák primero y Higashi más tarde hacen la misma descripción, pero la enfermedad se conoce ahora con sus nombres. ¡La dichosa ley de Stigler!

Pero son más conocidos los epónimos del campo de las infecciosas.

La enfermedad de Carrión

(Fiebre de Oroya o verruga peruana) llamó la atención por la alta mortalidad entre los trabajadores del ferrocarril Lima-La Oroya. En 1885 el joven Daniel Carrión quiso demostrar el carácter transmisible de las verrugas, inoculándose el contenido de una de ellas. Murió en pocos días. En 1905, el bacteriólogo peruano Alberto Barton describió en los eritrocitos de estos enfermos “elementos endoglobulares con forma bacilar”. Esto dio lugar a otro epónimo: el género Bartonella.

Enfermedad de Chagas

El joven Carlos Chagas fue comisionado por su jefe, Osvaldo Cruz, para dirigir la lucha contra la malaria en las obras del ferrocarril de Minas Gerais. Pero Chagas observó demasiadas malarias raras, demasiados enfermos con problemas cardiacos y demasiados “barbeiros” y casuchas miserables. Chagas lo hizo todo: encontró los tripanosomas responsables en los insectos (barbeiros) que transmitían la nueva enfermedad descrita por él. En honor a su maestro, en 1909, denominó al agente causal T. cruzi y, recíprocamente, el Dr. Cruz denominó el cuadro clínico Enfermedad de Chagas. ¡Intercambio de honores y epónimos!

Medio de Ruiz Castañeda

Ampliamente usado en todo el mundo para asilamiento de brucelas y otros microorganismos de crecimiento delicado, desarrollado por el mejicano Maximiliano R. C. Luego colaboró con Zinser en EE.UU. y volvió a su país en 1936, preparando la vacuna de Castañeda (anti-rickettsias). Fue la más utilizada en la 2ª Guerra Mundial.

La tinción de Giménez (1964)

Del uruguayo D. F. Giménez, asiduo visitante de España. Prácticamente desplazó al “Giemsa” en la tinción de patógenos intracelulares.

 Los epónimos del futuro

Los acrónimos y signos numéricos adquieren protagonismo. El nombre elegido para un antifúngico debió cambiarse porque ya estaba registrado. Se sutituyó por nystatina (acrónimo de New York State). Entre las enzimas inactivadoras de antibióticos destacan las TEM-1 (de cepa aislada en la enferma Temoniera) y SHV-1 (de sulphidyl variable). El SIDA es otro ejemplo de acrónimo con epónimos derivados ( sidólogo, ONU-SIDA,…)  Son casos, cada vez más habituales, en la nomenclatura de enzimología, genética, inmunología y biología molecular en general.

Las normas OMS (no nombres propios ni geográficos), evitaron “virus chino”,  “gripe china” y “neumonía de Wuhan” de la pandemia. A pesar de la insistencia de Trump y otros muchos, se impuso la OMS…de momento. El Comité Internacional de Taxonomía denominó: a la enfermedad, COVID-19 y al virus, SARS-CoV-2, que son epónimos de acrónimos. ¿Y entonces, por qué hablamos de variante inglesa, brasileña, sudafricana,…? ¡Ojo!, como aparezca una española nos las endilgan todas, con la OMS mirando a otro lado.

A este paso necesitaremos expertos en  Filología y “eponimología”, así como códigos de barras, QR, o similares para entendernos en el futuro.

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