Características del “bromista” de los halógenos

Muchos por equivocación o juego, consideran su etimología procedente del griego broma, cuando es “bromos” o fetidez, por el olor que desprende. Se mantiene el equívoco con el término bromismo que, naturalmente, se refiere a todo lo relacionado con el bromo.

LA MEDICINA POR ELEMENTOS

En muchos aspectos es similar al cloro, yodo y  flúor, a los que podría sustituir en determinados compuestos. El bromo es un metaloide de consistencia líquida, color rojo, volátil, tóxico, muy reactivo y origina un olor sofocante muy desagradable. En la naturaleza se encuentra en forma de bromuros y es relativamente abundante en  salmueras, de donde se aisló e identificó el año 1.825. Desde entonces se utilizó en múltiples aplicaciones, con frecuencia de forma excesiva. Es el caso de los potabilizadores de agua, pesticidas y  plaguicidas, tanto de compuestos inorgánicos como orgánicos. Terminan por contaminar el ambiente pasando a peces, ganado y humanos, además de neutralizar el ozono, por lo que su control debe ser estricto.

Las sales de bromo y cloro, por su afinidad al oxígeno, se han incorporado a la práctica de la prevención del fuego como retardadores. Añadidos a tejidos, barnices de madera, plásticos, aislantes, etc. son discutibles en la actualidad. Las dioxinas y furanos liberados pueden resultar tóxicos más peligrosos que las propias llamas.

Aplicaciones  

El bromuro de plata evoca los tiempos de la fotografía en papel y, en lo que a Medicina se refiere, fue fundamental en las radiografías. Las aventuras con este bromuro marcan una época apasionante, que cambió recientemente. Casi solo queda la nostalgia y un puñado de aficionados.

En el campo diagnóstico, es muy popular la “púrpura de bromocresol”, como indicador de pH, en cultivos microbianos y pruebas metabólicas. Puntualmente se utiliza el bromo en técnicas relacionadas con la lipasa.

El bromuro de etidio entra en la composición de algunos colorantes fluorescentes. Su importancia en los laboratorios de biología molecular radica en la unión al ADN por intercalación. Adquirió muy mala fama por su teórica alta toxicidad y carácter cancerígeno. No es para tanto; los accidentes de laboratorio son excepcionales, pero han justificado la búsqueda de alternativas.

Tratamiento. Los bromuros en forma de sales se han utilizado ampliamente como ingredientes en la elaboración de antiepilépticos y preparados frente a cuadros convulsivos. No es raro encontrarlos en la composición de analgésicos, antihistamínicos y, sobre todo, en el campo de la Psiquiatría, como sedantes, en el tratamiento del alcoholismo y otras adiciones. Es bastante popular en paramedicina (homeopatía), para tratar problemas de malestar, vaginosis, gastritis y alteraciones cutáneas.

Uno de los compuestos más utilizados en desinfección de piel es la merbromina, asociación de bromo y mercurio, cuya presentación más conocida es el “Mercurocromo”. Se ha restringido en muchos países por su atractivo para los niños y los consiguientes riesgos de toxicidad.

Toxicidad. Los derivados de bromo utilizados a dosis terapéuticas se eliminan bien por vía renal, así es que no debieran ser problemáticos. Sin embargo en casos de sobredosis o insuficiencia renal provocan efectos colaterales: disfunciones neurológicas, hepáticas, pulmonares, renales, testiculares y alteraciones del material genético. Sus opciones en el tratamiento de adicciones y como sedante en el mundo bohemio llevaron a identificar erróneamente el bromismo como un movimiento marginal. Se ha discutido si la conducta de estos grupos era consecuencia del consumo de bromuros o al revés. Hasta 1.975, en que se restringió su uso, la toxicidad causaba un gran nº de consultas y cerca del 5 % de ingresos psiquiátricos.

Una situación diferente y muy grave se produce en la ingestión voluntaria o accidental del bromo líquido, merbromina y similares. Se han descrito lesiones graves en ojos, piel, mucosa digestiva y edemas: de glotis, laríngeo y pulmonar.

Las bromas del bromo

Toda su historia parece un relato de broma, salvado sea el parecido con el nombre del elemento. Pareció una broma el descubrimiento por el francés A. Balard de un producto desconocido, cuando en realidad buscaba yodo en unas salinas. En 1.815 le remitió al célebre Liebig un frasco con un líquido rojizo para que le ayudara a identificarlo. El químico alemán lo despachó como cloruro de yodo y así lo etiquetó y guardó en el armario, que luego llamaría “de las equivocaciones”. Tras 10 años, cuando finalmente el francés presentó el nuevo elemento, Liebig se justificó: “Balard no buscó el bromo, sino el bromo a Balard”.

Otra serie de inocentadas se dieron en su bautizo. Balard, en su derecho de descubridor, lo denominó “múrido”. No fue por los roedores, sino por el parecido con el colorante rojo púrpura de Tiro, obtenido de los moluscos murex. Además, fonéticamente suena próximo a muriático, denominación antigua del ácido clorhídrico, que a su vez procedía del latín muria o salmuera.

Los argumentos del descubridor, considerados poco serios, fueron corregidos por la influyente Academia de Ciencias de París. El famoso Gay Lussac exigió una denominación procedente del griego, según la normativa, con alguna propiedad como fetidez, del griego bromos, no broma. No desautorizó del todo al descubridor. Alegó una gansada: mal olor desprendido por los moluscos de la carcoma de la madera de barcos y su obtención de residuos marinos.

Las aviesas intenciones y  tragedias del uso bélico del bromo como gas lacrimógeno, tóxico, picante e irritante, no descartaron algunas burlas. En la 1ª Guerra Mundial los atrincherados soldados franceses probaron su propia medicina con el frecuente cambio de la dirección del viento. ¡Menuda inocentada!

Los alemanes aprendieron la lección: el bromo se lo lleva el viento. Para la campaña rusa utilizaron el bromuro de xililo, líquido lanzado en proyectiles hacia la retaguardia. Se evaporaba rápidamente, expandiéndose el gas lacrimógeno, pero con un agradable olor a lilas, que confundiría al enemigo. El fracaso fue rotundo: el gas no se expandía…porque ¡el bromuro se había congelado!

Con pocos elementos se han gastado tantas bromas, chanzas y novatadas como con el bromo. A finales del XIX, se opinaba que cualquier práctica sexual contraria a las normas sociales o religiosas, desembocaba en ataques epilépticos como poco. El bromuro se recetaba para la excitación sexual, onanismo, etc., o sea, el antídoto de la lujuria. No era necesaria la administración directa; el simple rumor del añadido como condimento a las comidas en cárceles, cuarteles, campamentos o internados era suficiente. Al menos eso se decía.

No fue cosa de broma la frecuente parasitación por piojos y la epidemia de tifus transmitida por estos artrópodos durante la 1ª Guerra Mundial. En la 2ª, a raíz de la epidemia de Nápoles, los médicos de la Armada Americana, temieron la repetición de la historia. Investigaron diferentes métodos y se eligió el bromuro de metilo por su eficacia contra los piojos de la ropa. Sin embargo no resultaba fácil controlar el gas resultante y las cámaras móviles en el frente de batalla no eran operativas.

Rápidamente se simplificó el sistema: el frasco de bromuro se colocaba en un bolsillo de la ropa introducida en una bolsa, que se cerraba. Se apaleaba hasta romper el frasco y, tras actuar unos minutos el gas liberado contra los piojos, se aireaba la ropa acabando la aplicación. Ahora hay que imaginar las bromas de los humoristas con el ejército ¡matando piojos a palos! No era muy edificante; afortunadamente, con el rápido final de la guerra se acabó el ingenioso sistema.

En conclusión.

Estamos ante un elemento menos utilizado que los demás halógenos, pero con un potencial similar en numerosos aspectos. La terminología y el anecdotario han contribuido a darle más fama que sus aplicaciones. Si se juzgara sobre su toxicidad o inocencia la sentencia sería: libertad condicionada bajo estricta vigilancia.

Médico e investigador español en Esfera Salud | Ver sus artículos

Médico, microbiólogo e investigador. Fue profesor de varias universidades españolas donde dirigió Tesis Doctorales y proyectos de investigación sobre: diagnóstico, nuevos antimicrobianos, simulaciones en modelos de cultivo continuo y arquitectura de poblaciones bacterianas. Su labor, plasmada en numerosas publicaciones en revistas científicas, libros y artículos de divulgación, ha sido reconocida con diversos nombramientos y premios. En Esfera Salud, sus artículos de divulgación sobre historia y actualidad de la Medicina, están dirigidos al público interesado en temas de Salud.

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