Los apestados en la «peste» de la COVID-19

El diccionario de la R.A. define como peste «la enfermedad contagiosa y grave que causa gran mortandad» ( y muy abundante en otra acepción). Los apestados (pestífero, pestilente) son «los que causan o comunican la peste». Las grandes epidemias de la antigüedad, ante el desconocimiento de la causa, se unificaban bajo la misma denominación: la Peste. Luego se le han puesto diversos apellidos, según el caso, como P. de los filisteos, P. leprosa, P. de Justiniano, P. negra, P. blanca (tuberculosa), P. bélica (tifus ) …En todos los casos se reproducen muchos modelos de conducta.

El comportamiento de los ciudadanos frente al apestado siempre fue negativo; el propio adjetivo substantivado lo dice todo. En el Antiguo y Nuevo Testamento se refiere en muchos pasajes el trato humillante a los leprosos. Impuros, se evita el contacto, expulsados de las familias y ciudades; hasta el enterramiento en los cementerios se les niega. No hace tanto tiempo se aplicaba control y cuarentena para las epidemias a viajeros en numerosas ocasiones (Ellis Island, Mahón, San Simón… ),cierres para indigentes, enfermos y otros de las puertas de ciudades. «Por la caridad entran las pestes», se solía decir En algunos países, para «pestes crónicas» se crearon medidas de aislamiento más dignas como las leproserías de Tillo y Fontilles en España o los hospitales y Dispensarios antituberculosos. Pero la conducta ante el apestado ha sido similar: recelo y distancia. Incluso, con los avances médicos, sabiendo que tenemos tratamientos eficaces, hoy día se mantienen los recelos, como hemos visto con el SIDA. Como también se mantienen cuarentenas y controles de barcos,aviones, etc.

En el ambiente popular, no hay peores insultos que los de apestado, pestilente,tiñoso, piojoso, tísico, sifilítico, meningítico, sidoso….,y se rehuye cualquier relación con los enfermos o sospechosos. En la epidemia de cólera de 1858, se hizo popular la copla. «Dicen que mi vecina/ tiene microbios; / y por eso la dejan/ todos los novios»(E. del Palacio).

Es preciso destacar que el título de apestado no lo ostenta sólo el enfermo, se suele extender al colectivo al que pertenece, lo cual es peor social y económicamente. Ha pasado con los gitanos, judíos, españoles, asiáticos, chinos, homosexuales,…Por eso cuando un político o un medio de comunicación apunta a un colectivo, comete una grave irresponsabilidad.

Los apestados no debieran existir en el siglo XXI ,¡ pero existen! con ligeros matices. El denominador común, que se da en todas las epidemias, y también en la actualidad, es la ignorancia sobre las causas y los factores, la rapidez con que suceden los acontecimientos, los rumores, el eco amplificador de los medios de comunicación, la presión popular, la percepción de ineficacia absoluta o relativa de las primeras medidas adoptadas y el consiguiente miedo, cuando no pánico, de la población.

Hoy todo son eufemismos; ni pestes, apestados, desahuciados, cadáveres amontonados o abandonados, expulsiones, ni lazaretos,….Tenemos un rico lenguaje que suaviza el drama : epidemias, pandemias, enfermos, asintomáticos, sospechosos, confinamiento, unidad de hospitalización, unidad de alertas, parte informativo, equipo de protección, tratamiento sintomático, comité de expertos (muchos), seguimientos, protocolos, rastreos….y sobre todo mucha estadística ; datos diarios, comparativos, gráficas, picos, mesetas,….que dan una falsa seguridad, de momento; hasta que el ciudadano observa que ni los epidemiólogos se aclaran. Eso sí; se debe contar con la complicidad de la comunicación para no mostrar imágenes o datos ( cadáveres, enfermos terminales, número real de muertos…) que puedan clarificar el drama.

Pero las cosas , insisto, no han cambiado tanto. Veamos algunos ejemplos recientes, recogidos en prensa de lo ocurrido en la actual pandemia que hablan de la persistencia de los apestados ,perdón, sospechosos de transmisión.

De una simple referencia del Director de Unidad de Alertas sobre una Orden Religiosa, solicitante de un permiso, denegado, para un Congreso, se dedujo su identificación. Exigieron disculpas y aclaraciones para corregir su estigmatización. ¡Hicieron bien!. Se hubiera culpabilizado de la pandemia a los religiosos. Ya se vio la reacción a la manifestación, que sí se autorizó, de las feministas el 8-Marzo.

Fueron numerosos los pasajeros de cruceros, turistas y trabajadores aislados en el extranjero, porque hasta sus propios países les dificultaban la vuelta por sospechosos. Vamos, de película. También en España la «declaración de Alarma» sorprendió a muchos fuera de su ciudad y no siempre fueron bien vistos.

En Guayaquil, 18-3-2020, su alcaldesa ordenó bloquear la pista de aterrizaje que llegaría de Madrid ¡con coronavirus!. En realidad iba vacío para repatriar a españoles de esa ciudad, considerados allí como apestados. Otras muchas noticias se suceden en el orden internacional. Cierres de fronteras, cuarentenas a mercancías y personas, reportajes negativos de otros países… Todos ven a los demás como sospechosos. Empezamos a ver las consecuencias.

En algunas poblaciones de Levante se organizaron manifestaciones contra los madrileños (fuertemente castigados al principio de la pandemia) que se dirigían a su residencia de vacaciones. También se les recibió con cierta hostilidad en los pueblos de la Sierra¡su propia provincia !y en las provincias limítrofes.

Uno de los ejemplos más impactantes se refiere al trato recibido por los sanitarios. Aplaudidos por la mayoría , han sido muchos los enfermados y fallecidos, y por tanto contagiados y contagiosos; vamos , apestados. Entre el 10 y 15 de abril aparecen noticias sobre vecinos contra sanitarios porque contagian a niños y ancianos ; caseros que no renuevan el alquiler de sus casas a sanitarios; pintadas contra una ginecóloga como «rata contagiosa»…. ¡Sin comentarios!.

¿Entonces los apestados son siempre rechazados?. No siempre. En el contexto social de una pandemia es difícil que cambien las cosas. Pero, salvo excepciones, los ciudadanos no veían con malos ojos la práctica de la variolización en la antigüedad; en infecciones como la varicela o el sarampión se organizaban fiestas con niños enfermos para su infección «controlada», nada que ver con las reuniones festivas de jóvenes para competir en padecer o trasmitir la COVID-19; el tratamiento con plasma de enfermos de COVID-19 ha resultado una opción en investigación no desdeñable. Observo con curiosidad cómo disfruta la gente cada día que pasa sin padecer la enfermedad y la pasan los demás para producir la inmunidad de «rebaño» que nos proteja, hasta contar con una vacuna. Aquí somos muy sutiles.

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